EL PRECIO DE LA GOBERNABILIDAD EN INDONESIA (PARTE I)

Los clivajes de Indonesia

Lic. Mariano Statello
stamariano@gmail.com

Entre 2014 y 2016, Indonesia estaba en el radar de la comunidad politológica mundial. Los especialistas en estudios sobre regímenes políticos y procesos de democratización estaban viendo al país dar pasos decisivos hacia un completo cambio de régimen. Desde la caída de la dictadura de Suharto en 1998, en plena crisis de los tigres asiáticos –y posiblemente a causa de ello–, el archipielágico país inició un proceso de transformaciones políticas de cara un proceso de democratización , la “Reformasi”. Dicha tarea no era fácil: más de 30 años de régimen dictatorial, conocido como el Nuevo Orden, dejó un tejido político propio muy denso en la burocracia estatal. Debemos también sumarle que Indonesia es un país relativamente joven: su independencia no fue reconocida sino hasta 1949 y, salvo por la burocracia colonial heredada, el país tuvo que construir su Estado e instituciones públicas casi que de cero. A partir de 1966 dicho proceso de construcción se vio moldeado por la visión del régimen militar.

Tras la caída del régimen, en  1998, se han celebrado elecciones presidenciales periódicamente y, siguiendo una hoja de ruta, elección tras elección se ha ido reduciendo la cantidad de militares con escaños reservados en el Congreso de los Diputados. La elección de 2014 fue la primera en renovar la cámara totalmente con integrantes elegidos por voto popular, lo que supondría el fin de la transición tutelada. Ahora bien, esto no implica que se haya pasado a una democracia plena; es más, hay elementos que inclinan peligrosamente al país a la clasificación de régimen hibrido. Constancias de ello pueden observarse en las dos últimas publicaciones de Freedom House y el Democracy Index de The Economist Intelligence Unit.

No podemos negar que, a ojos de occidentales, la llegada de Jokowi al poder brindó muchas expectativas de cambios. Aquel “Obama indonesio” era un sujeto totalmente desligado de la clase política tradicional, que estaba muy ligada al viejo régimen. A partir de su asunción se esperaban reformas y una reoxigenación de las instituciones públicas. Dicho de otro modo, se esperaba que acabaría con el legado conservador del Nuevo Orden en el Estado y que tendría una gestión de corte más “progresista”, más “liberal”. Pero, de nuevo, eran expectativas de una perspectiva occidental en la cual el principal clivaje político es “progresista vs conservador” o “socialismo vs neoliberalismo”. El primer error que comete un investigador occidental al comenzar a estudiar el sistema político de Indonesia es preguntarse “¿quién es el zurdo acá? ¿Cuál de todos es el de derechas?”, lo cierto es que la política en este país no se divide bajo esos parámetros realmente. La política de este, el país islámico con mayor población, se divide en primera instancia entre “menor incidencia del Islam en la agenda política vs mayor incidencia del islam en la agenda política”, en segunda instancia “mayor oposición al viejo sistema vs mayor lineamiento con el viejo sistema”. En medio de toda esa división, la fórmula ganadora es la que pueda captar votantes del mayor espectro ideológico posible.

Ganar el centro político conlleva una muy delicada y compleja tarea de buscar transversalidad entre sectores laicos e islamitas, anti-Suharto y sectores de la sociedad que añoran los mejores momentos del Nuevo Orden. Un ejemplo de lo delicado que es conservar ese “centro político” se vio en Yakarta en 2016, cuando su entonces gobernador y aliado político de Jokowi, Basuki “Ahok” Tjahaja Purnama, cuestionó públicamente algunos puntos del Corán. Aquello provocó una oleada de protestas de sectores islamistas que colmaron las calles con marchas multitudinarias acusando al gobernador de blasfemia, aunque también se le hicieron acusaciones racistas debido al origen chino del gobernador. Esta oleada de protestas fue aprovechada por los rivales políticos de Jokowi, Susilo Bambang Yudhoyono por un lado y Prabowo Subianto por el otro. La presión ejercida por los sectores islámicos llevó a que Jokowi le soltara la mano a su aliado Ahok, quien tuvo que enfrentar una condena de dos años de prisión. Sin embargo, no todo es vía libre para los islamistas. El país sufre ataques terroristas y por ello los sectores radicalizados son, por lo general, perseguidos por las autoridades. Sin ir más lejos, a fines del 2020, la policía se enfrentó y dio muerte a al menos seis militantes seguidores de Rizieq Shihab, un clérigo fanático (devenido recientemente en político) que pretende instaurar un régimen islamista en el país, y que también ha sido en múltiples veces perseguido por el Poder Judicial y las autoridades. Otro suceso a destacar es la reciente prohibición de la obligatoriedad del hijab y otras formas de velos en las escuelas públicas. No es de extrañar que se buscara un punto medio para las elecciones de 2019, pues Jokowi presentó como compañero de fórmula a un clérigo, Ma’ruf Amin, a quien se le achaca un historial antiderechos debido a su encendida crítica, entre otras cosas, a las parejas homosexuales.

Sería injusto, no obstante, achacarle a los sectores religiosos tener solo actitudes antidemocráticas. No se puede olvidar que el movimiento político que le puso fin a la dictadura de Suharto también engrosó sus filas con clérigos que, en buena medida, mediaron con las Fuerzas Armadas para que Suharto diese un paso al costado. Ahora bien, no se puede ignorar que los sectores integristas son poco dialoguistas en determinados temas y movilizan a mucha gente caldeando el clima político. Clima que es aprovechado, como se vio en 2016, por la oposición a fin de desgastar al gobierno. Pero el islamismo no es lo único que divide a la sociedad. El régimen del viejo “Nuevo Orden” dejó una herencia que aun hoy condiciona al sistema político indonesio.

Pero de ello hablaremos en otra entrega.   

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